Jazmin Donaldson

27 febrero 30 marzo 2021
MADRID

Desencanto

En sus trabajos Jazmin Donaldson (Buenos Aires, 1985) explora el poder de la pintura para contar historias. La obra de arte es una pieza teatral, en donde hay personajes y acciones. La idea puede partir de una vivencia propia de la artista: una observación, un diálogo, un fragmento sonoro, una imagen, una reminiscencia táctil… o del relato de otros. De ese germen comienza a brotar un universo pictórico complejo, en donde se resignifican motivos conocidos de fábulas, mitos y cuentos populares para reflexionar sobre la vida contemporánea.

Surgen así figuras híbridas, animales antropomórficos y elementos fantásticos que, a través de símbolos y guiños, invitan al espectador a entrar en el juego, a dejarse incomodar sin miedo ni vergüenza, para vivir su propia aventura y extraer cualquier filamento de sentido que encuentre en la madriguera del conejo. Al igual que en el mundo de Alicia, no se trata de conclusiones unívocas o relatos moralizantes, sino de entrar en un espacio lúdico que permita suspender el adoctrinamiento y brindar nuevas posibilidades y puntos de vista. Por eso, en las piezas de Jazmin Donaldson abunda lo absurdo, lo grotesco, lo carnavalesco y lo surrealista: son dispositivos para cuestionar las convenciones y subvertir roles, lejos del racionalismo y del conformismo.

En una era en donde abunda la imagen superficial y brillante, meramente decorativa y anestésica, sujeta solo al veredicto del “me gusta”, las texturas narrativas de Jazmin Donaldson, cargadas de dramaturgia, polisemia y ambivalencia, brindan una experiencia tan diferente como necesaria. Hay monstruos, bestias y dragones que vomitan fuego, y muchos ojos quieren desviar la mirada y regresar a la pantalla estridente. Pero la verdadera violencia la ejercen los moldes fijos, los preconceptos limitantes y los discursos que refuerzan la opresión. La artista nos invita a reconocer esa incomodidad y a permanecer un momento en ella, no como apología del sufrimiento, sino para abrir la posibilidad de la subversión y la transformación.

En “Ya lo he escuchado todo, dijo Alicia”, vemos a una mujer que se enfrenta a un temible dragón. Ella, lejos de asustarse, lo mira a la cara y le muestra, desafiante, el dedo medio de su mano. Quizás la bestia simboliza sus demonios internos; o tal vez representa el hostigamiento incesante que las mujeres siguen sufriendo para actuar de ciertas formas y cumplir con determinadas expectativas: la lucha entre los preceptos sociales y sus deseos íntimos. Está rodeada de un aura protectora, y la puerta que se ve al fondo sugiere la posibilidad de apertura y escape. ¿Qué ocurrirá? No lo sabemos. Es solo un fotograma de una película que se proyecta en el observador y que ahora él dirige. En “Entrar o no entrar” la escena es un poco más juguetona pero igual de rica semánticamente. Vemos una carpa que tiene una vulva como entrada. Arriba hay una mujer con rasgos payasescos que le guiña el ojo al espectador para que se anime a ingresar. La carpa, como espacio protector y cobijo de la intemperie, alude al tabú y represión sexuales. El aspecto sagrado e inmaculado del sexo. El rasgo circense de la carpa y de la mujer, por otra parte, invitan a la fiesta y al exceso, a la fantasía y al juego de roles. Hay una tensión entre entrar o no entrar, que puede ser también la tensión entre el sexo por placer y el coito para la reproducción (el título en inglés, “To come or not to come inside”, es más sugerente). Sea como sea, prima en la obra un aire travieso despojado de censura, que ayuda a cuestionar nociones prefabricadas sobre lo que se espera de la mujer. Ni en esta ni en el resto de las pinturas de Jazmin: ella no es la musa inspiradora, ni un objeto de deseo, ni una femme-fatale que seduce y amenaza al hombre. Ella jamás se ve reducida, sino que toma distintas formas, personas y expresiones, siempre activa y desafiante, autónoma, poderosa, sexual y compleja.

Hoy experimentamos todo con extrema inmediatez. La propuesta de esta exposición es introducir la noción de tiempo e invitarnos a reflexionar en la pausa. No solo desde las ricas historias que cuentan las obras, que nos sacuden la modorra mediática de las imágenes planas (y que también aluden y suscitan memorias y fantasías, que siempre afectan la experiencia del momento presente) sino también desde el mismo lenguaje pictórico, repleto de texturas, espacios sin perspectiva y yuxtaposiciones varias, muchas veces en cuadros ejecutados a escala real (“Una promesa vacía”, por ejemplo, mide tres metros de largo). Es decir, obras imponentes, complejas y fragmentadas. Madrigueras profundas. Aventuras transformadoras.

Texto: Josefina Insausti

Desencanto